terça-feira, 26 de maio de 2026

Antonio Gaudí entre ríos y bosques

 Al día siguiente, aún el sol comenzaba a lamer las suaves curvas 

de las colinas sin árboles

Pepetela, escritor angoleño, en: Cuentos de muerte


    Un paisaje inolvidable me rodeó el otro día, durante un viaje: el Bosque Nacional del Tapajós, visto desde lo alto de una de sus colinas. Desde allí, sentado a la sombra de una ceiba, mis ojos extendieron el verde hasta la orilla de este lado del río. En medio de él, una balsa transportaba granos hacia el mundo. Y, ya perdiendo nitidez, la otra orilla regresa a mis ojos, ya en el sfumato del sol al ponerse. Ese imaginario siempre vuelve a mi retina cuando admiro otros paisajes.

    Por andar por el mundo prestando atención a vistas, colores y rumbos, vivo proyectando al hombre como centro de la paleta y del planeta. Por eso convoqué a Pepetela para el epígrafe, al dar voz a las curvas que Antonio Gaudí trazó en Cataluña.

    Tanto a los pies de la Sagrada Familia como desde lo alto del Montjuïc, en Barcelona, hay una explanada de belleza. Desde allí, las cúspides de la Sagrada Familia se destacan sobre la ciudad, donde el ojo se quedó pegado, entre el monocromático plano urbano bajo los reflejos de los últimos rayos de sol, con la sombra de las montañas al fondo. Un carioca lo diría enseguida, con su eterno humor: "igualito a los morros de Río de Janeiro".

    (Una aclaración: no se pretende que sea una imagen negativa; tan solo traduciendo a Pepetela, en sus Cuentos de muerte, sobre las colinas sin árboles, sustituidas por viviendas).

    Como forastero viajero en el pensamiento, reflexioné de inmediato: ¿qué punto nos une al correlacionar Barcelona con la selva amazónica mencionada al inicio del texto? Todo parte de la imagen insólita que se destacaba: la Sagrada Familia, con sus 172,5 m. Es un punto de referencia en el paisaje barcelonés. La obra solo no supera la altura de las montañas por respeto a Dios, el creador de todo —retrata Gaudí—, sabiendo él que Cataluña, marcada por el barrio Gótico, había sido cuna y cúspide de la civilización cristiana.

    Al tomar prestados los ojos de Gaudí, se percibe en sus obras respeto al cristianismo; sin embargo, al reproducir los trazos de la naturaleza en sus diversas esculturas esparcidas por la ciudad, incorpora más a Baruch Spinoza, para quien Dios y naturaleza son elementos únicos, y él apenas un intérprete.

    Otra naturaleza que él admiraba es la humana. En La Pedrera, el "espacio pulmón", ya en la entrada, es un sistema de ventilación natural y regulación térmica en el centro del condominio semicircular compuesto por varios pisos. En el atrio de entrada, trata la obra como un ecosistema que funciona igual que el sistema respiratorio. Al mirar hacia el techo, la imagen poliédrica del alvéolo pulmonar se expone, con el cielo al fondo. Así, Gaudí fue capaz de reproducir a Spinoza en un bosque mineral de piedra y creatividad, transformando Barcelona en algo pujante, quizás delirante.

    Se diría que el ser humano no vive solo en ambientes naturales; sobre todo necesita crear una estética que le calme el corazón y le alivie la respiración. Eso fue lo que Gaudí hizo.

    Por eso, al subir hasta el punto más alto del Montjuïc para proyectar ese paisaje de Barcelona, construye la catedral y tantas otras obras únicamente para aliviar la vista de la ciudad deforestada. Luego baja el cerro y sigue hacia el desafío de dar vida al concreto.

        Si la Amazonia de aquí representa una memoria autóctona profunda —el origen, la biodiversidad, el tiempo lento de la naturaleza—, Barcelona simboliza, a su vez, la capacidad humana de transformar creencias, estética y geometría en civilización tangible, dejando una cruel duda sobre si el Sapiens estaría intentando definirse como guardián… o como depredador.

        Sin duda, el destino humano no está en elegir entre bosques y catedrales, sino en descubrir si nuestra inteligencia madurará antes de que destruyamos las bases naturales y simbólicas que nos sostienen; o quizás sean manifestaciones distintas de la misma narrativa humana: una creada por la evolución durante millones de años; otra por la imaginación colectiva en pocos siglos. Esto sugiere que cada identidad no sea solo territorio, sino repertorio afectivo, en el que circulamos - nosotros de aquí para allá y ellos de allá para acá - para entender mejor esa consonancia de miradas.


Roger Normando, professor de Cirurgia Torácica - Universidade Federal do Pará e membro titulado da Sociedade Brasileira de Cirurgia Torácica.

Traducción realizada con apoyo de IA

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